Y es que el día empieza con tu despertador sonando, esa canción que antes amabas pero ya no la soportas cuando se reproduce automáticamente en tu playlist, todo porque ahora es la señal de que tus encantadores sueños terminaron, y bueno, esa idea de posponer la alarma para ser feliz al menos 10 minutos más, no soluciona nada.
Entonces, te bañas con todo el dolor del mundo, te pones cualquier cosa porque estás indignado con la vida y preparas un desayuno que al menos te calme el hambre. Te quedas dormido en tu medio de transporte, porque no hay que desperdiciar tiempo. Llegas a tu lugar de trabajo donde todos irónicamente te dicen “buenos días”. Te deprimes, empiezas a trabajar, la la la, sales de trabajar. Y bueno, alguna cerveza o un vino para amenizar el día no caería mal, pero entonces te verías muy alcohólico, ¡y qué importa, la vida es tuya y es una sola, entonces se acaba la botella de vino!. Ahí, recuerdas que no es fin de semana, que sigue el martes y que eres una persona responsable. Regresas a casa, porque no eres un alcohólico y porque tienes cosas por terminar, cosas como revisar Facebook, dormir, llamar a tu mamá o terminar una tesis. Te duermes tarde y al otro día… al otro día al menos falta menos para el viernes.
Ni siquiera escuchando Blue Monday, eligiendo la lista “Buenos días mundo” en Spotify o pensando en que faltan solo 4 días para el viernes, se puede dejar de pensar que los lunes son sinónimo de “¿por qué la vida es tan cruel?", y si estás de acuerdo con esto, te felicito, eres un survivor, pero necesitas propósitos o al menos escribir una columna sin sentido como esta.